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Durante la Segunda Guerra Mundial los aliados estuvieron de acuerdo en la utilización de una política de terror para acelerar la rendición incondicional de sus rivales, Alemania y Japón. El objetivo de la política era quebrar la moral y voluntad de la población al someterla a incursiones aéreas de fuertes bombardeos sobre la población civil.
La evidencia apunta como el impulsor de este cambio estratégico a Wiston Churchill. Que urgía a realizar un “golpe dramático”, y proponía a Berlín y otras grandes ciudades de Alemania del este. Churchill clamaba por un “fuerte y devastador bombardeo que extermine al hogar de los nazis”. Apoyado por los soviéticos que ingresaban en Alemania, la operación de terror recibió el nombre de Thunderclap.
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